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Para
Claudia, el mar.
“Para
el pájaro el nido, para la araña su tela, para el
hombre la amistad”
William Blake
Se detuvo.
Titubeó. Caminó improvisadamente y también más
tarde con decisión de avezado comprador. Volvió a
detenerse, ahora casi en el centro mismo de la vorágine en que
se hallaba. Miró con detención e insistencia. Escalas
mecánicas subían y bajaban incesantes; hombres y
mujeres de todas las edades pasaban: rápido, lento; rápido,
lento; pasaban incansables. Niños de infinitos portes y tipos
e iguales gestos se sucedían como seriados, siempre inquietos,
o llorando o riendo. Adolescentes de pelajes diversos, displicentes y
a la moda pululaban satisfechos. Los millares de luces, caldeaban el
aire.
Agudo,
inspeccionó los variados rostros que veía pasar
vertiginosos; muestrario, pensó, de ansiedades, satisfacciones
y agotamientos. Perplejo, observó el desfile que se le ofrecía
bizarro, con mirada atenta, inquisitiva. El ambiente cargado de calor
le enturbió la vista. Los innumerables olores, pegajosos y
densos, le sacudieron la piel y la ropa. Ávido, buscó
una señal de si mismo en los muchos reflejos que, plenos,
otorgaban aspectos enfriados de su entorno. Frente a una espaciosa
vitrina, midió los efectos del lugar en su vestimenta;
consideró su alrededor con aire de disculpa al tiempo que se
pasaba la mano por el pelo, alisándoselo con insistencia.
Corrigió luego la posición de su chaqueta,
abrochándosela y desabrochándosela, alternativamente.
Observó finalmente sus gestos desgranarse en los múltiples
espejos, como seccionados por una ducha de cristales verdosos. Midió
la inquietud que se apoderaba de él por la cantidad incontable
de variaciones que su figura sufría, entre las muchas
representaciones que de si, alcanzaba a ver. Repitió ademanes,
asegurándose de ellos en las variaciones que le imitaban. El
rostro le fue devuelto contra su propia imagen, difuso, desenfocado;
en un pronunciado descalce, puesto a prueba por luces intransigentes
y fieras. Se vio sobreexpuesto, clareado, lo mismo que pintado en una
cartel con excesivo blanco.
Repentinamente
volvió sobre sus pasos, como asustado, descendió al
nivel de la salida, apresurado. Dejó la escalera continuar y
apartándose de ofertas y precios, ruidos y atmósferas,
maniquíes y objetos, perspectivas y flujos; fue abriéndose
paso entre los múltiples paseantes. Confundido,
manifiestamente extraviado se dejó llevar, por un momento, con
las oleadas de gente. Equilibrándose, hundió la mano en
el bolsillo izquierdo de su chaqueta, hurgando ahí, un
contenido inexistente. Avistó la salida asaltado por vahos
sofocantes, perfumes y pieles bronceadas, salvó la distancia
que lo separaba de las puertas automáticas. Su memoria retenía
fragmentos, miles de fragmentos. El último gesto de Matías
Folch antes de salir del centro comercial fue, llevarse un dedo a la
nariz para acomodar unas imaginarias gafas. Afuera, la noche
resplandecía, naciente. Un aire tibio lo despeinó.
Matías Folch se sintió liberado, esta sensación
consoladora lo ayudó a enfrentar la noche que a pedazos se
reconstruía.
Los
movimientos visibles e invisibles de Matías Folch, fueron
cautelosamente vigilados. Distantes, en aspectos tan variados como
los desplazamiento de quien los producía. Isidoro Gan,
permaneció tenaz, inadvertido, a la espera. Anticipó
con precisión la huida del hombre que deambulaba. Refugiado en
una tienda próxima a la salida, revisó corbatas
aguardando la figura de Folch, cuando este cruzó las puertas,
saliendo al exterior, Isidoro Gan abandonó la tienda sin
comprar nada y siguió impasible el camino del que se iba.
Alejándose,
abatido, Matías Folch caminaba, balanceando su silueta parca.
Aspiró los ruidos, según él,liberadores , de la
ciudad que se entregaba resuelta a la oscuridad. El ritmo de sus
pasos le restituyó lento la seguridad perdida de modo
creciente a como aumentaba la fuerza de las pisadas. Empequeñecido
por las altas luces se concentró en su sombra, movediza,
adelantándose a cada uno de sus actos. La sombra de Matías
folch, ahora, pareció ensancharse hacia el lado izquierdo,
para hacerse de pronto ancha y bicéfala. Comprendió que
no caminaba solo, en un sentido muy particular; cerca suyo un roce
sobre el pavimento delató una presencia decidida. Mientras una
gruesa paletada de angustia le caía por los hombros, los ojos
de Matías Folch retuvieron un escote que se deshizo denso en
su mirada ansiosa, gentes iban y venían, envolviéndolo;
giró sobre si mismo y enfrentó a quien intuyó,
lo seguía.
El
desconcierto de Matías Folch se estrelló contra un
rostro beatífico, casi amplio. La mirada plena, adormecida,
suficiente.
-Soy
Gan, Isidoro Gan; permítame hablarle. Sonó la voz
completamente separada de quien la emitía, como viniendo de un
conjunto de recuerdos. Haciendo un gesto rápido, distinguido
tendió una mano larga, los ojos apagados poniendo un destello
sombrío a su actuar mesurado.
Matías
Folch estrechó la mano que se aproximaba autoritaria. Las
manos se apretaron el tiempo suficiente para que se hiciera del todo
de noche, los sonidos se tornaron más sordos, pacíficos,
indirectos. Bien, dijo. Me llamo Matías, Matías Folch,
puede hablarme.
-Mire,
le he visto en el mall. Realmente le he seguido, observado.
Escúcheme, me parece Ud. Alguien confiable, inteligente. Aquí
se detuvo, levantó la cara al cielo, gesticulando pausado.
Da la
espalda a Matías Folch para volverse de improviso y mirarlo
fijamente. Quisiera, dice, proponerle un asunto de suma importancia,
ineludible. Con precaución se peina los cabellos grises hacia
atrás con la palma de la mano, continuamente. Matías
Folch, atento, permanece sujeto a si mismo. Ahora caminan entre los
autos estacionados, trazando un camino revuelto, entretanto Matías
Folch se sacude finísimas hebras de sombra de la chaqueta
pálida.
-Continúe,
por favor, le estoy escuchando.
-Si, por
supuesto. Verá, necesito su ayuda.
-Pero,
¿cómo? ¡Ud. no me conoce! ¿Qué
podría yo hacer?
-Le diré.
Yo, esta tarde en algún momento de su transcurso, maté
a mi mujer. Le pido su ayuda. Será necesario hacer que el
cadáver desparezca. Soy honesto, estoy depositando mi
confianza en Ud. Calló, miraba a Matías Folch con ojos
penetrantes, nada en él se perturbó, al menos
visiblemente. Tenues notas de música envolvente y frágil,
trajo el viento desde el centro comercial al espacio de los dos
hombres.
Matías
Folch se quedó helado, pareció no comprender. Hizo un
gesto brusco, casi queriendo apartar de su entorno la música
que venía, fijándose en el aire, dulzona. Miraba el
suelo tratando de clasificar los zapatos de Isidoro Gan en algún
orden de apariencias. Perplejo se incorporó al fin de su
mutismo, articulando:
-¡no,
no es posible! ¿Cómo podría aceptar semejante
proposición? –jadeante, alzó el rostro para agregar:
-¡Por quien me toma! ¿Quien cree Ud que soy¡
-Sr.
Folch, no se exalte. Es simple, yo necesito quien me ayude en,
digamos, esta difícil circunstancia. Ud. me parece la persona
indicada, estoy en sus manos, créame; no hay engaño en
esto. Sólo debe prestarme su ayuda en algo preciso¿Qué
le complica?
-¡Nada!
Es decir, todo. ¿Qué busca? Me dice algo tan absurdo
así, brutalmente. ¿Por qué habría de
aceptar? Nada, pues ¡Nada tendrá de mi! ¡Váyase!
Matías
Folch podría haberse ido él, en ese mismo instante, sin
embargo permaneció allí. Inmóvil repentinamente
enmudecido.
Isidoro Gan
estudiaba la lejanía, su pie seguía rítmicamente
los acordes que se oían, ahora más fuerte. Vestía
elegantemente, sus ropas a todas luces caras. No muy alto tendría
unos cincuenta y cinco años, sería pues, unos diez años
mayor que Folch. Lo miraba, sereno, implacable, para decir con aire
sosegado, cautelosamente:
-Bien,
me ayuda ¿Qué me dice? Mire Folch, estoy en un apuro,
soy franco. Le ofrezco la oportunidad de participar en algo
extraordinario, una oferta de inestimable valor, por cierto ¡Vamos,
no sea cobarde! Matías Folch está incómodo,
evita el rostro de Isidoro Gan, mete las manos en los bolsillos de la
chaqueta, las saca, se coge las manos, constantemente va alisando sus
solapas. Empuña las solapas con fuerza y dice:
-¿De
qué habla? Esto es ridículo, no necesito sus
ofertas…..descabelladas ¡Olvídelo! Guarda silencio,
esta mirando, calmado ahora, fijos los ojos en los de Gan. Percibe un
hombre dominado por una tristeza fría, incalculable, baja la
vista y se queda mirando las puntas de sus zapatos mientras pronuncia
lento, susurrante:
-Esta bien, dígame
¿Cómo haremos? Le asistiré.
Dijo esto marcando significativamente la última palabra, como
si se dirigiera a un enfermo.
-Le
agradezco profundamente, bien no perdamos tiempo, vamos a mi auto.
Isidoro Gan emprendió el camino seguido de Folch, escasos
automóviles poblaban el espacioso lugar, la hora había
actuado con eficacia. Sorteando vehículos se acercaron seguros
hasta el automóvil estacionado bastante al fondo en relación
a la calle. Matías Folch pudo ver su rostro, blanco, en el
reluciente costado de la portezuela.
La
noche era densa, en esa época del año empezaba a
ponerse cálido, el, invierno ya estaba saliendo de las vidas
de ambos hombres. Abordaron el auto y dando un giro bordeando el
centro comercial, tomaron la calle lateral para alcanzar la autopista
con un destino impreciso. Aún circulaban variados vehículos
agitando la noche ya avanzada; serían cerca de las veintitrés
horas.
El
aire nocturno se iba llenando más y de a poco de oscuridad
espesa, las luces, fugaces, se deslizaban haciendo trazados inasibles
sobre pavimentos y distancias. Semáforos y letreros luminosos
teñían de halos coloreados aspectos e la ciudad,
esquinas y fachadas parecían diluirse en atmósferas
pigmentadas produciendo estelas y fulgores. Gentes caminaban;
atrapadas por aficiones sombrías desparecían entre
sombras aún más sombrías, soñando
paraísos confusos. Isidoro Gan conducía su automóvil
con mesura, impenetrable. Desplazándose a velocidad moderada
dejaban atrás árboles, edificios recientes y
arquitecturas de formas actuales, automotoras y restaurantes de
prestigio, construcciones alzándose arrogantes, locales de
comida rápida y gasolineras desiertas. La noche cubría
igualitariamente todo esto y el movimiento del coche en que
atravesaban la ciudad los dos hombres. Bajaban desde el oriente hacia
el centro de la urbe, en silencio. Cada uno esperaba que su
acompañante hablara. Matías Folch mira al conductor
Gan. Sin inquietarse abandona la mirada después en las calles,
va contando, mecánico, como pasan los faroles; siente el
pesado silencio extenderse por el parabrisas nublándolo. Cruza
los brazos sobre el pecho ocultando un brevísimo temblor, de
las manos.
Era
Matías Folch hombre de unos cuarenta añosa, de estatura
mediana y gestos estudiados, formales. Propenso a la introversión,
gustaba de las palabras expresivas; sonoras. Sus relaciones y afectos
se caracterizaban por el desapego y la distancia concentrada. Vestía
correctamente y sus andares tenían la impronta del
aburrimiento o la indiferencia, gustaba Matías Folch de las
tardes lánguidas; sin duda para su escasa persona, excesivo.
Era hombre aficionado a la soledad o, más exactamente, al
aislamiento, trazas de autismo teñían su personalidad
como luces distantes; se estaba bien, pensaba, entre los ruidos
callejeros y las avenidas de noche. El gusto por los parajes
nocturnos lo dominaba, según él, arrebatadoramente.
Dejo de mirar por la ventanilla y sus ojos resbalaron por la cara de
Isidoro Gan, este, seguía sin hablar, el rostro sin demasiadas
arrugas, parecía impenetrable a la escasa luz del interior del
automóvil. Harto del obstinado silencio, Matías Folch
habló: Sr. Gan, esto me impacienta. Dígame ¿Dónde
vamos? Oiga ¿Dónde está “ella”?
-Se lo
diré. Pensaba, pensaba. ¿Cómo hacer esto? ¿Ud.
Me acompaña incondicionalmente?Bueno, está aquí
y prometió ayudarme…..¡Yo no prometí nada
realmente! Interrumpió Folch. –Le ayudaré, de todos
modos, ya le dije. Ahora, dígame de una vez ¿Dónde
la tiene? Esto exige premura ¡Sea claro!
-¡Hombre!
Es obvio que esta aquí, es decir, con nosotros. Diciendo esto,
Isidoro Gan detuvo el auto, agregando: Salga, vaya al maletero.
Compruébelo Ud. Mismo. Matías Folch sintió un
agudo tirón en el cuello. Se quedó mudo, paralizado.
Por algunos segundos permaneció viendo a Gan, el temor
partiéndole los ojos. Recuperándose de golpe, asió
a su acompañante por el hombro, sacudiéndolo chilló;
¡Aquí! ¡Viajamos, nos paseamos con un cadáver!
¡Así, simplemente! ¡No, no iré a ver nada,
eche a andar el auto, vamonos de una vez! Tragó saliva y
continuó; Bien, dígame ¿Cuál es su plan?
¿Qué cree Ud. será lo adecuado para esto?
-¡Que
desaparezca! ¿Qué más? No hay plan alguno, estoy
esperando que Ud. proporcione lo indicado. Piense, no sea torpe. Le
pedí ayuda¿no? Matías Folch escuchó
desarmado, confuso se entregó a la contemplación de la
ciudad con la mente vacía. La medianoche dominaba fría,
en el cielo.
Con
velocidad moderada atravesaron el centro urbano que los vio pasar
sumergido en sus parajes habituales; esquinas sucias y merodeadores
andrajosos, parejas desiguales, personas solas y grupos saliendo de
bares ruidosos. Capas de soledad cubriendo cornisas y veredas, basura
acumulada, mendigos. Indiferentes dejaron atrás el perímetro
céntrico, internándose en barrios viejos de tránsito
escaso. Matías Folch propuso beber algo, detenerse un momento
y así, pensar con calma el destino del molesto pasajero o,
debería decir, ¿equipaje? Expreso esto con palabras
quebradas. Isidoro Gan estuvo de acuerdo. Cognac estaría bien,
dijo. Estacionó luego el auto al costado de una plaza de
barrio rodeada de locales que tenían alguna animación,
descendió del auto y paseó la mirada por el lugar.
Edificios de poca altura se repartían alrededor de la plaza,
en la planta baja de algunos se veían las luces coloreadas de
bares y cafés, se encaminaron frontalmente al bar más
próximo.
El “Royal
café-bar” abría sus puertas al parecer toda la noche
a todo aquel que quisiera entrar, el neón y las fotografías
nostálgicas daban el tono. El humo de muchos cigarrillos
nublaba los espejos sobre la barra. Mientras el mesero ponía
dos cognacs de buena marca sobre la mesa, a la luz del bar Isidoro
Gan se veía rejuvenecido, mirando fijamente a Matías
Folch dijo:
-Estoy
arrepentido, créame. Aspiró un manojo de aire y sus
manos apretaron la copa con vehemencia. Fue un asunto inevitable, yo
necesitaba cambiar mi vida, es todo. Bebió un trago y guardó
silencio. Agregó después de un silencio que pareció
dominar todo el recinto, El tiempo pasa, ¿Cómo no
libraremos de ella?
-Sr.
Gan, no me explique nada, pero¿alguien pudo verlo?
-No. Con
seguridad. Nadie pudo haberme visto, lo garantizo.
-¿Huellas?
-Imposible.
Todo limpio, la perfección ha sido una de mis virtudes.
-¿Perfección?
¿Virtudes, dice? Ahora se encuentra aquí atorado. Ha
debido recurrir a mi, un completo desconocido. ¿Qué
hacer? Escuche Gan, le propongo que la abandonemos por ahí,
Ud. Denuncie una desaparición. Si la encuentran Ud. no sabe
nada ¿Qué dice?
- No
sea estúpido Folch, eso, complicaría las cosas. Si la
encuentran yo confesaría. Necesitamos algo definitivo, como
una segunda muerte. Matías Folch escuchaba entreteniéndose
con la copa entre los dedos. Consultó su reloj, marcaba la una
con tres minutos. Trato de imaginar las acciones y el lugar
apropiados sin concentrase del todo, su mente recorrió sitios
probables, todos inaccesibles, fantasiosos. Quiso largarse pero
comprendió que ya estaba involucrado hasta el cuello, no, no
podía abandonar a Gan. Encendió un cigarrillo y dijo
repentinamente, lanzando un finísimo hilo de humo, sigiloso:
-Dígame
Sr. Gan ¿Cómo se llamaba su mujer? ¿Puede
decirlo?
-Si,
puedo. Claudia. Lo dijo seco, desviando la mirada analizó las
fotografías que se repartían por la pared, frente a él.
Contó con los dedos las que podía identificar.
-Claudia, un nombre distinguido- agregó, así lo creo.
De pronto aguzó el oído con expresión intrigada,
pretendiendo identificar la música que entre el bullicio se
percibía débil. Isidoro Gan se encumbró en su
silla dirigiendo unos ojos cargados de pasado a Folch que le
contemplaba compasivo. Después de una pausa murmuró:
fantástica, una mujer fantástica….aunque temerosa.
Vació su copa y haciendo una seña al mozo indico dos
tragos más, se pasó la mano con fuerza por la frente
queriendo borrar un sudor inexistente al tiempo que decía:
escuche, Folch, sólo le diré su nombre. Algo exaltado
agregó ¡No le diré nada más de ella, no me
sacará nada más! Calló depositando un silencio
afilado sobre la mesa junto a las copas relucientes.
Bebieron
sin hablar, lanzándose muradas cuidadosas y furtivas, parecía
que no querían decirse nada que estuviera demás,
interrumpiendo –si hablaban- algún pensamiento o idea
decisivos. Isidoro Gan se levantó, dejando una cantidad de
dinero sobre la mesa. Indicó con una seña al mesero que
se marchaban dirigiéndose a la salida. Pasó
cautelosamente por entre las mesas, antes de salir del todo, volvió
a mirar con interés las fotografías que colgaban
repartidas por las paredes del local. Empujó luego con fuerza
las puertas desapareciendo tras ellas. Matías Folch lo siguió
haciendo el mismo recorrido, afuera la pesada oscuridad lo golpeó
indecisa, poniendo una mueca desdeñosa en su cara. Caminó
hasta el auto estacionado y se quedó mirando
interrogativamente la parte trasera el vehículo sin atinar a
subir a el. Desde el interior del automóvil se oyó la
voz impaciente de Gan, ¡Vamos Folch, suba ya! ¡Cree que
estamos de turismo! Matías Folch se indignó, entró
al auto violentamente diciendo: ¡Maldito, que se imagina que
hace! ¡Cállese y sepa que puedo dejarlo tirado aquí
ahora mismo! ¿Qué tal si me largo y lo dejo solo con su
asqueroso problema? o ¿voy y lo denuncio? ¡podrá,
entonces, irse al infierno si quiere con su mujercita! ¿Comprende?
Calló, agregando luego; -Dije que le ayudaría y le
ayudaré. Se arrellanó en el asiento ajustándose
el cinturón de seguridad sorprendido de su reacción
frente a la impaciencia de Gan. Después de todo él, no
era responsable de nada. Adelante, dijo, salgamos hacia la costa.
Tomaron
la carretera al oeste. Irían directamente al mar pasando por
la ciudad de V. Llegarían en dos horas. Isidoro Gan intuyo que
Folch tejía un plan infalible. Aferró el volante con
decisión imprimiendo una sonrisa clara a su rostro expectante.
Encendió la radio como si de pronto recordara que existía
la música y una melodía de moda fue inundando el
interior pulcro del auto y los oídos de ambos hombres,
mientras las frases de la canción se desparramaban al ritmo de
ácidos acordes. Con ese sonido por compañero pasaron
veloces por los límites suburbanos, abriendo la mirada a
oscurecidos terrenos baldíos y zonas de marcado aspecto rural.
Letreros camineros les daban la bienvenida a promesas de vacaciones
soñadas y aire limpio, paradisíaco. El coche, con las
luces amarilleando pedazos gruesos de viento nocturno, enfiló
su elegante silueta autopista adentro.
Suaves
quejidos dilatados desde la radio, rumoreaba una voz femenina
acompañada de ruidos estridentes cuando Matías Folch,
reclinado en su asiento encendió un cigarrillo iluminando el
perfil del conducto de un tono levemente rojizo. Dando una calada
larga dijo al momento que exhalaba una bocanada de humo lenta: Sr.
Gan, estaremos de acuerdo en que Ud. Aceptará lo que le
proponga ¿verdad? Isidoro Gan asintió con la cabeza
moviendo los dedos sobre el volante al ritmo de la música;
animado conducía rápido y seguro. Entonces, continuó
Folch, actuaremos lo más pronto posible, hay dos alternativas
plausibles: o la enterramos o la arrojamos al mar. Lo primero no
resultaría, carecemos de herramientas y es demasiado
arriesgado, de modo que haremos lo segundo, conozco el lugar
propicio, espero no tenga reparos. Calló y aspiro su
cigarrillo casi sin rozarlo.
Isidoro Gan mantuvo
la mirada fija en la carretera que se extendía
aplastada de noche delante, sin mirar a su acompañante
articuló severamente: completamente de acuerdo, es su
responsabilidad encontrar el lugar preciso, que no aparezca más
es indispensable, el mar es vasto, será como diga, sólo
que…aquí hizo una pausa y su serenidad pareció
trastabillar en un suelo lleno de pedruscos. ¿Sólo
que? Interrumpió Folch que escuchaba atentamente Isidoro Gan
callaba inescrutable. El pavimento pasaba raudo bajo el auto, algunos
camiones y coches empequeñecidos por la distancia podían
verse a lo lejos, a esa hora diminutas luces movedizas.
-¿Sólo
qué? repitió Matías Folch con inquietud,
agregando, ¡Hable de una vez hombre!
Molesto
miraba a Gan fijamente. Agitó las manos pasándoselas
nervioso por la cara y el pelo ¡Hable de una vez! Increpó.
-Mire
Folch, entiéndame, es sólo que…quisiera quedarme con
algo…de ella.
-¡¿Cómo?!
¿Que quiere quedarse con algo de ella? ¿qué,
pretende decir? ¿A qué se refiere?
-Sí,
le digo, algo, no se…
-Pero
Gan, Ud. tendrá muchas cosas. Era su esposa, tendrá
fotos, ropas, objetos… Matías Folch contuvo el aliento
callando abruptamente, sintió un calor pesado en la cara,
aspiró aire con fuerza y abrió la ventanilla sacando
completamente el brazo fuera. El aire frío del exterior le
encogió los dedos y un pedazo del alma. Volvió el
rostro hacia Gan y exclamó:
-Oiga
Gan, ud. quiere decir, un… ¡un trozo de ella! ¡Eso, eso
quiere decir, sí no me engañe! ¡Es, es Ud. un
enfermo!
Matías
Folch sintió que la indignación y el asco crecían
en su interior como fuego sobre pastizales secos, algo así
como una humedad caldeada le subía desde los pies a la cabeza.
Confundido no pensó ya nada, abandonándose a su
sensación terca.
-Compréndame,
se oyó decir a Gan, piense lo que quiera. Yo necesito
conservar algo suyo. La voz, el olor no puedo tenerlos ya, pero…un
dedo será suficiente.
¡Pare
el auto! Gritó Folch ¡Pare el auto ahora mismo le digo!
¡insano! ¡Deténgase!
Matías
Folch parecía fuera de control, el viento colándose por
la ventanilla le revolvía el pelo deformando su rostro.
Isidoro
Gan conduce impasible, mientras disminuye la velocidad del coche va
diciendo: Sr. Folch, hace una pausa larga, no puede abandonarme, de
algún modo es mi cómplice, se ha dado cuenta de este
pequeño detalle. ¿sabe la hora que es? No se quedará
aquí en esta carretera solitaria, además no se lo
permitiría, me siento, como decirlo, hace otra pausa,
responsable por Ud. Agrega ahora enérgicamente ¡Basta! No compliquemos
las cosas, estamos juntos en esto. ¿Qué
le pasa Folch, está temblando? ¿No tiene agallas?
-¡sí
tengo! ha exclamado Folch de pronto secamente, pero no contribuiré
a su insensatez; seguramente yo tendré que obtener el dedo y
luego ¿Qué más? ¿Qué más
se le ocurrirá que haga? ¿Deberé sacarle los
dientes, besarla en nombre suyo y su inmenso amor y arrepentimiento?
-¡Cállese imbécil! Espetó Gan, deje de
decir estupideces, haremos lo que diga y deje ya de gritar, parece un
niño.
Había
aumentado la velocidad. Serían las dos y treinta de la
madrugada, una ligera niebla cubría el camino envolviendo el
auto, grupos de árboles se alejaban fantasmales más
allá de la berma.
-Llegaremos
a la playa en una media hora. Conozco el lugar adecuado por la
costanera siguiendo al norte. Le indicaré. La arrojaremos por
la borda y se acabó, ¿me oye? ¡se acabó!
Luego de expresar esto, Matías Folch guardó un silencio
decidido, acurrucado en el asiento miraba el techo con expresión
vacía. Apretó el botón alzavidrios, bajando y
subiendo el cristal de la ventanilla repetida veces. Sentía el
cuerpo rígido y un sudor persistente le humedecía la
camisa pegándosela a la espalda. Encendió un nuevo
cigarrillo clavando la vista en el humo que se elevaba en una columna
movediza. Isidoro Gan conducía silencioso.
Arribaron
a la ciudad de V. Pasando por el centro de esta tomaron rápidamente
la estilizada avenida costanera. Grandes luces otorgaban una
visibilidad naranjosa si no ocre y hacia la izquierda, el mar era
sólo una apariciones blancas, regulares en una extensión
negra. Ahora conducía lento y sereno Matías Folch, a
su lado, Isidoro Gan tarareaba emocionado las canciones nostálgicas
de la emisión nocturna. A ratos mencionaba nombres de
orquestas y años de edición de discos añejos,
su mente, con seguridad, se perdía en laberintos desaparecidos
en el tiempo, -sólo nos queda la memoria-, dijo de pronto
lanzando miradas de admiración al paisaje exterior. Bajó
el volumen de la radio y aspiró ampliamente el aroma salino
que se filtraba al interior del coche. Resueltamente, interrumpiendo
los pensamientos de Gan, Matías Folch expresó con
dureza: Estamos saliendo de la zona urbana, en unos veinte minutos
habremos llegado, del asunto me encargo yo, le prohíbo
intervenir.
El
automóvil se deslizaba lento por un camino costero bordeado a
tramos por grupos de casas residenciales y conjuntos habitacionales
de estilo mediterráneo subiendo ordenados una pendiente suave,
coronada de pinos y eucaliptos jóvenes. Enfrente una barrera,
a ratos sólo cemento, otras veces elegante reja de hierro,
dejaba adivinar paseos peatonales impecablemente empedrados y
miradores atentos a los rumores del mar, que, más allá,
humedecía arena oscura con lenguas relucientes. A medida que
ganaban terreno yendo hacia el norte, disminuían
ostensiblemente las casas cediendo espacio a zonas boscosas y cerros
rocosos que iban a dar al borde del camino entre piedras, arena y
maleza seca. Por los alrededores no se veía un alma, el
alumbrado era cada vez más escaso, arriba el cielo adquiría
ya esa claridad límpida que hacía sospechar un amanecer
luminoso, esencial.
En el
reloj del tablero podía verse refulgir la hora, marcaba la
tres y cuarenta y un minutos de la madrugada cuando, Matías
Folch, virando a la izquierda y a velocidad mínima, se adentró
por un sendero arenoso flanqueado por arbustos medianos y altas
rocas. Dejando atrás la autopista, ahora invisible, detuvo el
auto cerca de un tronco pintarrajeado. Isidoro Gan, durante el
trayecto había mantenido silencio roto ocasionalmente por
frases sueltas como: ¡que paisaje, soberbio! o, ¡magnífica
noche! Con lo que no hacía más que irritar a Folch,
éste, apagó el motor del auto y pudo oírse,
nítido, el reventar de las olas. Abrió la ventanilla y
un vientecillo húmedo le palpó la frente, el ruido del
mar creció ahora estruendosamente. Poniendo el freno de mano
Matías Folch miró a Gan y fue diciendo: Desde aquí,
más allá, sólo hay rocas; en una distancia de
doscientos a trescientos metros, acantilado. Iré por entre las
rocas y la arrojaré al vacío, Ud. me esperará
aquí, déme las llaves de la maleta o se ¿abre
desde aquí? Sí, dijo Isidoro Gan, pulsando un botón
bajo el tablero, bien Sr. Folch, está abierto, vaya y ¡no
desanime!
Matías
Folch salió del auto. El aire marino le hirió las
narices y agito sus ropas. Se detuvo un instante orientándose
en la oscuridad, camino con lentitud a la parte trasera del auto,
intensamente nervioso se quedó mirando la portezuela. Maldijo
su debilidad, contó hasta diez y superando su indecisión
alzó violentamente la puerta. Inclinó el cuerpo
introduciendo ambos brazos lentamente en el interior en tanto sus
ojos se acostumbraban a la oscuridad tratando de ver el cuerpo, el
viento húmedo se le colaba por la chaqueta haciéndole
temblar. Tentó más decidido el hueco del maletero y
abriendo los ojos recorrió la totalidad de ese espacio.
Incrédulo comprobó que allí no había
nada. La maleta del auto estaba vacía.
Matías
Folch se irguió rápidamente alzando las manos en u
gesto iracundo, se cogió la cabeza pateando con violencia
inusitada el parachoques trasero del automóvil, al tiempo que
aullaba: ¡Maldito me ha engañado! Aquí no hay
ningún cadáver, ¡esto está vacío!
¡Desgraciado, me engañó! ¡Me engañó,
infame, demente! Se calló. Detrás de él Isidoro
Gan contemplaba el cielo, el pelo cano, caído sobre la frente.
Matías
Folch se volvió, Gan lo miraba desconcertado, pasándo por su lado y
arrastrando los pies y fue a sentarse alejado, entre
las rocas. Contempló derrumbado las lejanas espumas del mar
perdiéndose en la distancia. Los pasos de Gan se acercaron
pausados. En la oscuridad resonaron sus palabras como sumergidas en
bruma: Matías, perdone. Esto ha sido un absurdo. Por un
momento el silencio cubrió la respiración de Isidoro
Gan. Continuó abatido: Sr. Folch, comprenda, soy un hombre
solo; le ofrezco mi amistad, incondicionalmente. Matías Folch
se irguió cansado, miró las pupilas inmóviles en
la mirada transparente de aquel hombre envejecido, de ropas y maneras
impecables. Fue asintiendo lento, pensativo. Sin apartar la vista de
su interlocutor dijo: ¿Ud. ha leído muchos libros Sr.
Gan?
-Yo diría
bastantes
-Le confieso
que me asombra, realmente, me asombra Gan. Folch calló
tendiendo la mano a Isidoro Gan, con gratitud. Se estrecharon la mano
con fuerza, mientras Folch decía, vamos, volvamos, ya ha sido
suficiente.
-Si,
opinó Gan, antes, dígame una cosa Sr. Folch: ¿Ud.,
efectivamente, me ayudaría a matar a mi mujer?
Matías
Folch se quedó petrificado, por un momento, los gestos
suspendidos. Clavó intensamente los ojos en los de Isidoro
Gan. Después de un silencio duro, ambos hombres comenzaron a
reír estrepitosamente, sacudidos por una alegría
inconmensurable.
José-Luis Medel
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