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Cuatro
observaciones en torno a “Las meninas”. Alcances sobre la
historia de la pintura.
“Un
día cualquiera, el gran Mogol estuvo, deseoso de saber cuáles
eran los artistas más prestigiosos de su imperio. Ofreció
para ello decorar los muros de su palacio de la manera más
hermosa; luego de varios días de alegría y de decepción
se encontraban sólo dos equipos aún en competencia; uno
era budista y el otro sufi.
Ellos debían decorar los dos muros opuestos de la gran
galería.
Los budistas trabajaban como una legión de ángeles,
decorando soberbiamente su pared; los sufis tras un velo, pulían
la suya. Los días pasaban y el fin del concurso se aproximaba,
los budistas hacían maravilla tras maravilla y los sufis no
hacían otra cosa que pulir la superficie de la pared. El día
del veredicto, el mismo Gran Mogol descubrió las obras y se
descubrió que el reflejo de la de los budistas sobre la
superficie pulida por los sufis, era una delicia para el alma.”
“L’
image de televisión est-elle songe ou apparition?”
Joel de la Casinière
(En: Catálogo IX festival franco chileno de video-arte.
Santiago 1989)
-
El lugar de pintor.
Un día
cualquiera, el viejo Pacheco, aconsejó a Velázquez que
la imagen debía salir del cuadro. Parece ser que los Sufis
poseían por sobre los Budistas la voluntad de ese saber, saber
que Velásquez, siguiendo a su maestro, radicaliza e invierte.
De
acuerdo a una tradición, ciertamente moderna, Narciso se erige
como el inventor de la pintura occidental; conocimiento del cual
Juan Downey hace seña (signo) electrónica en su
subversión implícita y del que Leo Steinberg da cuenta.
De ello por cierto, da cuenta también, un cuadro no menor en
grado alguno; “Las Meninas”.
“Las
Meninas” se instalan en la historia de la mirada pictórica
occidental como metáfora del espejo de la consciencia, dicho
sea de paso además, comentario sobre el narcisismo y el
individualismo, y también de un cierto orden que la
consciencia proyecta en el espacio. Este saber mima el ojo de
Velázquez en su deseo de autorretratarse con la paleta en la
mano, consciente, sorprendido por él mismo de un modo
antinatural, es decir, preensayado o actuado en la fuga del espejo
cóncavo de la pintura holandesa.
Asistimos
así, a la voluntad del doble que no es otra cosa que el ojo
reflejado en otro ojo. El reflejo en el ojo (el mismo que ve Narciso
en el agua) es el saber de los Sufis y sus juegos de encantamiento
que, como tales, son una delicia para el alma. Esta delicia que
Velázquez instituye desde el consejo de Pacheco, al modo de
una economía de deseo de la mirada política en
relación a la pose, viene, evidentemente a originar un nuevo
gesto. Velásquez indesmentiblemente posa. Cuestión
extraña esta, pues, el pintor, ha asumido en sí, el
lugar del modelo.
En un
primer momento, aun dubitativo vemos una decidida inversión de
los lugares de la práctica pintura. La pregunta que conviene
aquí es ¿Para quien posa Velásquez en el acto de
pintar? El pintor autorretratado en el ejercicio genuino de su
oficio, no muestra lo que pinta. La aventura de la pintura viene a
formularse, por un movimiento sutil aunque decisivo, desde este
momento imprescindible como un enigma. No mostrará, ya más
nunca el mundo, más bien se transformará en un momento
de ocultamiento de si misma dando lugar al deslizamiento de una
segunda pregunta ¿Es éste ejercicio un momento nuevo
del cuadro cuyo movimiento deviene la inauguración de una
nueva “época”?
Es
conveniente entonces, para dilucidar estas cuestiones elementales,
unas interrogantes más, interrogantes nada complejas, más
bien simples en sus enunciados precarios: ¿Cuál es
entonces, éste momento nuevo del cuadro y por extensión
de la pintura? ¿ Nombrará está estrategia la
pintura en la conclusión o en la inconclusión? Velázquez ha invertido
el consejo de su maestro (inversión,
momento del espejo), su mirada es retenida por el esqueleto del
cuadro, por la tela vuelta. Merecen su atención Lino,
algodón, lienzo, bastidor, madera, textura acaso, trama densa
y nada frágil, la urdiembre en suma. Semiología pura
deslizándose fuera del cuadro, recordando el paradigma de la
tela que teje el tejedor, ese saber ejemplar que anuncia toda
representación. Las lazaderas que van y vienen, tejen la
trama del discurso y su posibilidad sobre lo que no será ahora
más que lenguaje. Soporte y tejedura del misterio de la
pintura, reverso y fin del sueño de Leonardo como espacio
ideal de similitudes cabrilleantes.
Velásquez
muestra en su mirada nada humilde, en este caso indiferente y a la
vez desafiante, la inversión del espejo, el esqueleto del
signo para indicar la omnipotencia de “su” mirada. El no desea
ver más que el reverso de su espectáculo, lo que está
detrás, lo que no es visible (al menos en un momento inicial)
pero que hace posible toda mirada. Marcel Duchamp (Dados: la cascada,
la lámpara de gas…. Como ejercicio ejemplar) supo demasiado
de todo eso indagando en la bisagra de toda mirada. Se sabe del
cuadro en realidad por lo que oculta y por lo que soporta en cuanto
deseo de ser visto.
Hacer
de la vida un espectáculo. No hay saber sin relación
con el poder. ¿Cuál es el poder que Velásquez
comenta? ¿El despliegue de la mirada que instituye el saber el
cuadro? Más atrás el cazador de Brueguel mima la
mirada perversa del objeto de devoción dada la caída de
Ícaro, en fin, el deseo puesto en escena en estricta voluntad de
describir la geometría del gesto suspendido en la profundidad de su
saber elocuente, por la mirada que designa el signo
y hace seña, intermitencia. Signo al reverso del cuadro, de su
posibilidad de ser. Apariencia pura, fantasma en el reflejo, la
sombra del no ser. Penumbra del nombrar, obsesión de pulir,
onanismo de la escritura abierto a la especulación sobre la
naturaleza del ver; los sufis, como Duchamp, sabían de esos
ritos de encantamiento. Momento de fantasmas, espectros y
apariciones, de lo que no es o lo que parece ser, el reflejo como
reflexión. (Raúl Ruiz ha dicho bastante al respecto en
algunas cintas suyas).
Velásquez
asume el momento de esa perversión anotada por Lacan, tan a
distancia después, del poder de los espejos, esa edad del
espejo tan occidental por un saber de lo autobiográfico,
remitido al deseo de mirar, de ser visto, de multiplicarse, de dar
cuenta de la mirada, en suma, de prolongar en el doble el espectáculo
del poder. Instancia política al fin, el pintor como testigo.
El pintor testimonia su propio hacer y autonomiza su mirada como un
cuerpo que contempla otros cuerpos pero que en el fondo del espejo
establece su propio cuerpo como referente del pintar. Así
Lacan, Freud, Narciso desconstruyendo la pintura, definiendo en ese
gesto de Velásquez suspendido, la envergadura (leáse,
estructura de la tela vuelta) del deseo en el agua donde Narciso (se)
mira, Downey y las Meninas, Versalles y los espejos,
multiplicabilidad de la utopía, ese no lugar que existe en el
detrás, preciso de la sombra de Velásquez, división
genuina del yo , soberana en el cuadro para estorbar la vocación
de realidad del pintor, ocultándolo, haciéndolo una
casi sombra.
Tal
ocultamiento viene a actualizarse en que Velázquez divide
parte importante del cuadro en un zona de luz y otra sombra
(división del yo) situándose en el universo de lo no
definido, del lugar de la sombra, división esa, en principio
política, económica. Velázquez organiza el
ocultamiento de la circulación de los signos del poder.
Velásquez se esconde en la trama del lienzo vuelto a su
mirada, lienzo del que nada se sabe y que Velásquez no mira,
constitución doble del signo, estructura binaria, lienzo como
paradigma del signo. Velásquez mira el no lugar desde la
sombra del no lugar (doble no lugar) donde pinta y ejerce su saber.
Saber perverso ese de Velásquez que vela-el-que-es. Sin ser
otro que el des-velar a Velásquez como pintor en el ejercicio
del poder-ser. Uno. Velásquez velando el que es, del ser
saber, en cuanto a pintura se diría. Extraño ejercicio
este de pintura clásica como inversión de la misma.
-
El lugar
del modelo.
Podemos
lanzar ahora en este juego azaroso una interrogación nueva,
relativa a la posición endeble o quizás omnipotente del
modelo; ¿Será que en el enigma de Las meninas el
lugar del modelo es el de la ausencia? El modelo, tal y como lo
comprendemos y lo percibimos desde siempre en el juego de los signos,
de lo que representa y de lo representado se ha desvanecido. O, ¿Será
que en este juego del “cuadro” en la
modalidad nueva que hemos insinuado, ese lugar no tan antiguo del
signo viene a aparecer en un estatuto nuevo para darle
definitivamente se diría, su condición moderna?
Estableceremos su aparición definitiva, (del modelo) ahora con
pérdida de espesor para ser sólo signo, algo que indica
meramente un lugar más allá de sí mismo y cuya
esencia no está nunca en sí mismo, cuestión que instituye ahora por
otros juegos un juego de la aparición y la
desaparición.
El
lugar del modelo es puro reflejo. Al fondo siempre indica una
presencia como la de tantas otras sustituyéndose,
intercambiándose infinitamente, signos todos, en este juego de
la sustracción, que señalan que nunca el modelo es uno
o todos los otros sino en verdad su vacío, su ausencia
reiterada en el juego de los intercambios. El lugar del modelo que,
se sabe, más que del reflejo es el de la reflexión de
su estatuto.
Velásquez
mira un modelo ausente, dispuesto a pintar su inconsistencia. El
lugar del modelo se ofrece a la mirada como un punto vacío al
que vendrían a confluir todos los posibles modelos de todo
cuadro posible. La mirada del pintor busca ese modelo que ya se ha
ido, que ya no está, irreversiblemente perdido para siempre
en la economía desatada de los signos. Ese lugar será
menos el sitio al que hace referencia y al que la pintura se refiere
sino, ahora abiertamente indefensa buscará el lugar de si
misma. El lugar del modelo diríase aquí, deviene las
posibilidades de si mismo como indiferente a cualquier lugar asignado
por la tradición, ahora innombrable. Ahora referida a sí
misma la mirada no buscará, como la pintura el modelo, para
definirse como pura representación; su oficio ya no será
el mundo ni lo que este puede dar a ver sino, por si misma la
pintura se yergue ahora como imaginación de ese mundo. El
modelo, podemos decirlo, erige su majestad permanentemente ausente y
su lugar ocupado por otras tantas sustituciones y suplantaciones en
el dar a ver la imposibilidad de ofrecerse a la mirada como objeto
para brillar en la posibilidad de su repetición. De aquí
en adelante, como lo indica la luz enigmática al fondo del
cuadro que no es otra que la del espejo, el modelo brillará
en la fantasmal aparición que la pintura puede aludir, en
tanto signo, de un real que la pintura nunca dejará de querer
apropiarse, pero que dada su inasibilidad sólo puede
referirlo cifradamente sabiendo que es inaprensible, estrategia de la
desaparición del modelo, discurso de su ausencia, lanzando su
risotada de sofista triunfante.
Para
un primer momento del análisis, ese lugar, nudo ciego, lugar
del modelo ausente podría designarse como el cumplimiento específico de
una función moderna. Diremos cumplimiento
de una táctica de la exclusión. Al inevitable
desenfreno de los delirios barrocos corresponde paradójicamente
el desenvolvimiento de una nueva figura. Esta no es otra que la
manifestación no velada y abierta de una nulidad, es decir, la
del sujeto representado, definitivamente excluido. Es en esta
exclusión donde se evidencia la instancia política del
realismo Velazquiano. Determinantemente la mirada de Velásquez
es política en cuanto define un real acotado por una
ordenación rigurosa e implacable que no cabe alterar y cuya
inalterabilidad se siente como condena.
El
dibujo de este lugar de la exclusión como síntoma del
modelo ausente, debiera verse en el juego enigmático de
miradas del cuadro. Velázquez mira un modelo que no está,
tampoco mira su cuadro. La infanta Margarita es mirada pero, rehuye
esa mirada que la mira casi no viéndola, ella no mira sin duda
el modelo, de ser así, devolvería en una cierta
confluencia a Velásquez, el espectáculo de sí
misma, los personajes en general remiten a una economía de la
mirada que niega el posible encuentro con otra mirada. Así, la
negación del modelo, su inexistencia, No hay modelo para
nadie, la mirada se ensimisma en su propia circulación, en
este caso no hay objeto para la mirada. De este modo el cuadro se
vuelve sobre sí mismo como el desenvolvimiento de una mirada
vacía que ha perdido el mundo como ser para la contemplación
y sólo lo admite como algo dándose para la consciencia.
Doblemente verdadero, entonces, esta mirada es definitivamente
política en cuanto remite a un mundo como pura jerarquía
de signos, a un juego de poder.
Sin
modelo a contemplar, indudablemente ha ocurrido un desgarrón
en la circulación de los signos como significación del
mundo en cuanto mundo para remitir a una circulación distinta,
no menos importante, la del puro discurso. Función de
exclusión, el modelo brilla por su ausencia y es,
precisamente, esta ausencia brillante la que lo restituye a un puro
saber, queda claro, en el discurso, específicamente.
-
El lugar del espectador.
En el
relato de la competencia por hacer la pintura más bella, se ha
visto que los sufis no pintan sino pulen, de ese pulimento minucioso
y paciente surge la pintura por reflejo. En este caso,
inevitablemente todo espectador será parte del cuadro, como
tal, viéndose “pintado” soslayará su mirada,
evitará contemplarse y sólo lo hará de reojo,
porque, devuelto a sí mismo por la superficie del cuadro
deseará ser otro para contemplarse plenamente, eso fascina al
Gran mogol, y es esa misma fascinación las que cada vez rehace
y vuelve a rehacer a “Las meninas”.
El
lugar del espectador es el lugar del modelo y del pintor, se diría
que en esa superposición de lugares viene a realizarse el
deseo de ser objeto para el otro en la posibilidad del sí
mismo ensimismado. Rito que vendrán a confirmar, extender y
realizar infinitamente los recursos de la pintura moderna.
Superposición, desdoblamiento, reversibilidad del sujeto como
signo que da cuenta de su estado, en último término
innombrable. No hay pintura sin ese juego de suplantación, de
allí que la imagen no provenga del cuadro ni se haga en él
sino que se remita en su existencia posible a las imaginaciones del
espectador como nudo y sentido de la pintura, pintura abierta, un ser
doblemente agujereado en su referencia como designio verbal
(discurso) y también (Heidegger no se equivocó y
Velásquez tal vez se anticipó) existencia de la obra de
arte como experiencia vivida (estética), saber propio del
siglo dieciocho al que Las meninas anticipan.
Si el
lugar de la representación es, como se sabe, el no lugar, un
punto vacío y ciego, la utopía específica,
conviene considerar el alzamiento de “Las meninas” como utopía
pura en el sentido exclusivo del cuadro cumpliendo una específica
función de encuadre, poniendo abiertamente en escena un
conjunto de visibilidades variables, desplegando su espectáculo
como densidad sígnica de una voluntad ausente a propósito
de su inevitable presencia en cuanto espectáculo visto a
advertir el viendo(me). El si mismo viéndose diferido en la
opacidad (impenetrabilidad) de la tela vuelta. Vuelta a la trama del
lienzo, signo puro, tejedura finalmente. En éste allí
suspendido en el “podría ser”, el yo diferido indica el
advenimiento del hombre. Ser nuevo sin duda que va a manifestar su
presencia en el espesor de la urdiembre de los signos. Nuevo
espectáculo éste del hombre que dibuja un campo
epistemológico decididamente inédito. Desde aquí,
en adelante, el hombre como hecho y saber va a desplegar el volumen
de su presencia, es así como, por un corto lapso se trazará
en este juego de las Meninas el poder del lenguaje para definir este
invento nuevo y original que para este cuadro es el objeto
privilegiado.
Velásquez
desde ese no lugar (que sin duda es el mismo, en cuanto espectador de
su propio espectáculo como saber, sujeto del saber) anticipa
esa consistencia de lo biográfico en el dominio del lenguaje.
El hombre ha nacido y este es en las meninas el paradigma de su
espectáculo.
Se
debe indicar que, si es en un cierto sentido, indudablemente el
nacimiento del hombre, también es el punto que adelanta su
desaparición. No es por azar que ese lugar privilegiado sea
ocupado por un espejo, todo el misterio de cuadro radica, y también
su sentido, en esa luz inmaterial que definitivamente proyecta al
hombre fuera del cuadro, sin dejar de estar allí,
obstinadamente casi, irreversiblemente en esa luz al modo de un
fantasma que no es lo que nombra o que lo nombra, pura superficie al
fin en tanto lugar de designación de esta existencia posible
ahora formulada en el paradigma de la presencia diferida. Signo puro;
el espejo entonces como metáfora del cuadro que lo contiene
para nombrar por otro signo esa ausencia que en el fondo (del espejo)
hace posible al cuadro.
Hacer
posible implica desde ahora representar. Dado por el cuadro, figura
suya el texto a instituir en su verdad nueva y original, siendo otro
texto para el desciframiento el hombre no ahí, de suyo, sino
como superficie en el reflejo así descifrada en sus red de
significaciones diversas. Punto único y legítimo éste
del objeto de saber, la consciencia decide si da o no existencia y
valor a las cosas, hecho de apropiación para legitimarse en sí
misma, la consciencia. Institución nueva esta del hombre por
la consciencia que instituye en cuanto desciframiento de su derecho
de ser.
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De la pintura. La función del espejo.
“I´ll
be your mirror” “Yo seré tu espejo” no significa “Yo
seré tu reflejo” sino “Yo seré tu ilusión”.
Jean
Baudrillard
A esos lugares ya
descritos y que superponiéndose insistentemente fijan su lugar
a la pintura para organizar su desenvolvimiento y persistencia habido
como orden de la consciencia, es visible una última, nueva y
decisiva superposición. La pintura y su lugar como prueba de
estado del sujeto viene a superponer la visibilidad misma como
materia a desvelar. Dicho cuerpo en su materialidad ausente, el
sujeto, su ilusión. Lugar este inédito en cuanto lugar
del deseo, deseo de ser, deseo del sujeto en cuanto tal como época
del sujeto, la enunciación de este estado que da prueba del
deseo en su punto mismo de aparición como índice y
pliegue de lo biográfico textura en desenvolvimiento por la
mirada que hace ser al cuadro objeto de testimonio, doble pliegue y
plegadura del ser en la manifestación de su historicidad,
juego de ilusiones y un cierto estado del lenguaje para instituir la
escena.
Textura pura y pliegue,
el espejo como imagen de esta espectral visibilidad. Las meninas
comentan por el pliegue del espejo ese ejercicio del visible en la
materialidad de la escena, búsqueda de la ilusión en un gesto a develar
y velar la geometría de la mirada como
vocación de la consciencia a instituir el mundo. Espejo,
representación duplicada, el doble dicho, triunfo del trompe
l’oeil, los juegos de la ilusión y el encantamiento.
Definición así, del tiempo privilegiado del signo, del
desdoblamiento del teatro de la consciencia por la dualidad del signo
en su estructura binaria ahora elocuente e irreversible para nombrar
lo real, único real el hombre para nombrar definitivamente la
modernidad en esa función de la pintura como práctica
del sujeto ilusionado. Estado moderno al fin para comentar esta
presencia. El hombre consciente de si comentando la visibilidad hecha
materia de ilusión. El orden privilegiado del trompe l’oeil,
el estado de espejo.
Diríase que se
abre por el pliegue del cuadro y en el campo del sujeto para nombrar
el mundo, una cierta perversión. Perversión de la que
Sade dará cuenta más tarde a la vuelta de las meninas
en el comienzo de su retroceso (de lo que este cuadro instaura) para
decidir una nueva época de la que nosotros aun no hemos salido
o más exactamente nos ha estado vedada la entrada. Perversión
esta que “Las meninas” inauguran en definición de una
función precisa, estado de espejo, prueba de ilusión, a
instituir por la proyección de las fantasías del yo en
el espacio trazado por su misma proyección en el mundo.
Descartes hablará de ese espacio privilegiado de la
consciencia como metáfora de su consistencia de espejo.
Abierta ahora la pintura desencadena la fase del espejo para fundar
al sujeto de lo imaginario, dado por semejanza la mimesis de lo que
en verdad en algo no puede darse en la realidad sino a fuerza del
espejismo ideal del parecido, por fuerza en la representación
imposible. Esto es lo que otorga a “Las meninas” su secreto y su
magnetismo, señalando su perversión en la posibilidad
de ser un abismo de absorción, como el agua para Narciso, el
comienzo de la seducción. La pura superficie donde el sujeto
funda en estado imaginario la relación incestuosa consigo
mismo. Poderosa imagen esta para el arte que se equipara en un cierto
sentido con el desenvolvimiento de la escritura para Jean Jacques
Rousseau en la confesión, como un ejercicio definitivamente
sexual o referido a la sexualidad, o finalmente comentario de la
misma.
La función del
espejo aquí, se advierte no es la del reflejo, sino la de la
ilusión. La pintura comenta esta función que no es otra
que la suya propia, ser espacio de ilusión, insistentemente a
seducir el mundo y el ojo para ofrecerlo en su constitución de
materia a resbalar en el abismo de la superficie. Función de
absorción. Las meninas digieren al mundo, absorbiéndolo
en la superficie del espejo, como en la pintura holandesa, el espacio
es literalmente digerido para brillar en su inmaterialidad,
materializada por la luz que devuelve el mundo a la mirada como pura
superficie de seducción en su mimesis idealizada, pura
textura, Las meninas en su desenvolvimiento establecen este estatuto,
nuevo, sin duda, y decisivo, el arte de la apariencia, constitución
del deseo y paso a la perversión. De allí también
su modernidad, De allí también que se constituya en una
delicia para el alma.
José-Luis
Medel
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